Archivo de Junio de 2009
Nos guste o no, en la vida siempre habrá algo a alguien que nos haga sufrir.
Pero indiscutiblemente, la mujer es muy hábil y capaz de ingeniárselas para resolver sus problemas (principalmente los de tipo amoroso y sentimental), las mujeres sabemos que todo tiene solución en esta vida, todo menos una cosa: ¡La muerte!
Pero de manera ilusa, a la mujer se le ha hecho creer ingenuamente que cuanto más sufra en la tierra, más pronto se ganará el cielo con todo y (zapatos), sus estrellas y hasta uno que otro cometa loco por allí ¡Qué estupidez! ¿En qué cabeza cabe eso? ¡Por favor!
La pérdida de un ser amado marca huellas indelebles que quedan para siempre en el corazón. Cuando la pérdida es por divorcio tenemos que atravesar una etapa de duelo y recuperación, existen libros de “expertos” cada cual con nombres sofisticados y textos estudiados, que en cierta forma ayudan a que al final volvamos a ser “felices”, y hasta puede que nos enamoremos de nuevo y todo queda olvidado y hasta perdonado…
¿Pero qué pasa cuando la separación de alguien cercano a nosotros es provocado por la muerte?
¿Y cuál es esa verdad?
Que hay que perder
para ganar.
Suena fácil, incluso sencillo, pero no lo es. Especialmente si nuestra relación sufre de muchos percances, cuando esos mismos sueños que un día alimentaron nuestras vidas ya no están, cuando esa persona que era tu vida se fue, te ha sido infiel, o cuando tus amigos con los que compartías tus alegrías tus penas, ya se han ido, están demasiados ocupados para atenderte.
Constantemente escuchamos en boca de la mujer un lamento acentuado y general, que parece indicar que siempre estamos en franca competencia:
“Quiero ser la mejor mujer”, “Soy yo la que tiene que lucir mejor en la oficina”, “Yo tengo el pelo más largo y más abundante, soy la más atractiva”, “Yo soy la que estreno zapatos más seguido”, “Soy la más popular”, “Me dicen que soy la que más trabaja”, “Soy la preferida del jefe”, “Soy la que tiene menos posibilidades, tengo que hacer algo”, “yo soy la más solicitada de la fiesta”, “la que tiene los ojos más bonitos”, “los labios más gruesos”, “las cejas más pobladas”, “las piernas más bonitas” “el tobillo más grueso” etc. ¿y las otras? ¡Que se rasquen con sus uñas o que se vayan a inyectar silicona!
La mujer maltratada se aísla, no sólo de amigos y conocidos, sino incluso de su familia.
Muchas veces lo percibimos como que es una ingrata, desagradecida, e incluso orgullosa, puesto que ya no nos busca como antes. El problema es que no comprendemos realmente a la mujer maltratada, no llegamos al fondo de todas las cosas, e ignoramos (o pretendemos ignorar) que ella sufre maltrato (sea físico o verbal). El maltrato se esconde de mil maneras…
Es bien sabido que en cada criatura viviente hay un caudal de conocimientos para compartir con los demás, pero no todas las personas están preparadas ni dispuestas a ello.
Eso hace que el egoísmo en el ser humano sea más grande cada día y que nuestro mundo, se haya convertido en un planeta de baratillo y en bancarrota de todos los valores, lleno de caprichos, resentimientos, celos, envidias, codicias, dobleces, falsedades, mentiras, etc.
La mayoría de las personas tenemos buena afinidad con nuestros padres. Aun cuando nuestro padre pueda estar lejos, su figura paterna ha marcado profundamente el rumbo de nuestras vidas. Para muchos, hablar del padre no tiene ni importancia ni relevancia, y por ello no es necesario culpar a nadie ya que el brillo de la madre suele ser tanto más poderoso que llega a opacar a nuestros papás.
Muchas veces el padre provoca tantas controversias que nos hace pasarlo mal tanto a la madre como a los hijos. Hay padres que en lugar de sembrar amor, siembran distancia, ausencia e incluso hastío.
